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Jennifer Santín

Mirar el párkinson con perspectiva de género

A partir de los años setenta, distintos movimientos feministas comenzaron a organizarse y a cuestionar la forma en que la medicina y la investigación científica abordaban la salud. Estas críticas no surgieron únicamente desde el ámbito académico, sino también desde colectivos de mujeres y profesionales sanitarias que empezaron a señalar limitaciones importantes en el conocimiento médico existente.

Uno de los primeros cuestionamientos se centró en la escasa presencia de mujeres en la investigación biomédica. Durante décadas, muchos estudios clínicos se realizaron mayoritariamente con hombres, lo que llevó a que diagnósticos, tratamientos y descripciones de síntomas se construyeran tomando el cuerpo masculino como referencia. Este fenómeno, conocido como androcentrismo, ha generado importantes vacíos en el conocimiento sobre la salud de las mujeres (Valls-Llobet, 2009).

Las consecuencias de este sesgo no se limitan al ámbito de la investigación. Diversos trabajos han señalado que los síntomas expresados por mujeres han sido con frecuencia minimizados o interpretados a través de estereotipos de género, lo que puede influir en los procesos de diagnóstico y atención sanitaria (Valls-Llobet, 2009; Borrell y Artazcoz, 2008). De este modo, el género no solo atraviesa la producción de conocimiento científico, sino también la forma en la que se escucha, interpreta y legitima la vivencia de la enfermedad.

La aportación del feminismo al ámbito de la salud no se limita a incorporar a las mujeres como objeto de estudio, también ha implicado replantear el propio marco de análisis, incorporando factores sociales, culturales y económicos que influyen en la salud (lo que se conoce como determinantes sociales).

En este sentido, la perspectiva de género no consiste únicamente en desagregar datos por sexo o añadir la variable “mujeres” en los estudios, sino en comprender los procesos sociales que producen determinadas desigualdades. Como explica la epidemióloga Nancy Krieger, reducir la perspectiva de género a un enfoque de “añadir mujeres y remover” puede ocultar las causas estructurales que están detrás de estas diferencias (Krieger, 2003).

Aplicado a la realidad del párkinson, incorporar esta mirada implica atender a cuestiones como:

- Cómo los estereotipos y expectativas de género pueden influir en la interpretación y tratamiento de los síntomas o en la credibilidad otorgada a determinados malestares.
- Cómo las condiciones socioeconómicas afectan a la posibilidad de acceder a tratamientos, terapias o apoyos especializados.
- Cómo la organización social del cuidado condiciona la vivencia de la enfermedad.

Junto a estas contribuciones, los movimientos feministas también han impulsado una reflexión más amplia sobre quién produce el conocimiento y desde dónde se produce. Esta reivindicación también ha permitido cuestionar las lógicas androcentristas y reconocer el valor del conocimiento que se genera también en la experiencia cotidiana de quienes conviven con una enfermedad.

En particular, diversas mujeres han contribuido a señalar aspectos del párkinson que durante mucho tiempo habían quedado fuera del foco, desde los sesgos en la interpretación de los síntomas hasta las desigualdades en el acceso a recursos o el peso de los roles de género en las trayectorias de vida. Muchas de estas reflexiones han surgido en espacios donde mujeres que conviven con la enfermedad, profesionales y activistas han compartido experiencias y análisis que hoy ayudan a comprender mejor la relación entre género y párkinson.

Incorporar la perspectiva de género en el abordaje del párkinson responde, en primer lugar, a una deuda histórica con las mujeres cuyas experiencias, síntomas y necesidades han quedado durante mucho tiempo en los márgenes del conocimiento médico. En segundo lugar, permite mejorar la calidad de la atención y de las intervenciones sociosanitarias, al reconocer que el párkinson se vive de manera diferente según el sexo y el contexto social de las personas. Finalmente, es también una cuestión de ética; una práctica profesional que ignora estas diferencias corre el riesgo de reproducir sesgos que pueden afectar a la forma en la que se interpreta y se aborda la vivencia de la enfermedad.




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Borrell, C., y Artazcoz, L. (2008). Las desigualdades de género en salud: retos para la salud pública. Gaceta Sanitaria, 22(Supl. 2), 36-41.
Krieger, N. (2003). Género, sexo y salud: ¿cuáles son las conexiones y por qué importan? Revista Española de Salud Pública, 77(6), 745-754.
Valls-Llobet, C. (2009). Mujeres, salud y poder. Madrid: Cátedra.

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