El camino y las decisiones.
Un día, Jaime llegó caminando a un lugar que nunca antes había visto, aunque en realidad, mirándolo bien, era el mismo paisaje que veía siempre.
Los mismos árboles, las mismas flores, los mismos animales, las mismas casas. La misma gente.
Pero era distinto. Y había un único camino por el que seguir, aunque más adelante se abrían varios caminos más.
¿Qué es esto? Se preguntó. Acá hay algo raro. Dio un paso y de repente apareció como una pantalla de computadora, y arriba, algo que parecía una mochila.
Dio otro paso, corto, más despacio.
La pantalla se encendió y la mochila, o lo que fuera, se despertó. Se miraron.
- Hola – dice Jaime.
- Hola – dice la pantalla, iluminada.
- Este es mi camino – dice él, con una voz entre preguntando y afirmando.
- Si. Correcto – contesta la pantalla, con voz impersonal.
¿Por qué le contesta una pantalla, un monitor, y el otro sigue arriba de ella, como desperezándose?
- ¿Ustedes quiénes son? ¿O qué son? ¿Y qué hacen en mi camino?
- El es Peka, tu compañero de viaje – dice la pantalla. La mochila tiene una forma rara, como de galera y bastón, como si fuera un caballero inglés.
- No. Estás equivocada – dice Jaime –. No lo conozco. Además, yo elijo a mis compañeros de viaje.
- Cierto, y seguirá siendo así, pero Peka será tu compañero de viaje a partir de ahora – explica la pantalla con una voz que él no logra distinguir si es voz de hombre o de mujer.
- ¿Por qué?
- Porque este es el camino que vienes recorriendo desde hace 60 años, y esos otros caminos que ves adelante, son las decisiones que tendrás que tomar, como siempre, pero para llegar a ellos tienes que cargar a Peka.
- ¿Cómo cargar?
- Cargarlo. No camina.
- ¿Habla por lo menos?
- No, pero tú le puedes hablar a él. Te entiende.
- Esto es una locura. Y de ser así, ¿por cuánto tiempo sería?
- Por siempre.
- Para dormir, para bañarme me lo puedo sacar, obvio – dice Jaime, irónicamente.
- No. Se baña contigo, duerme contigo, cuando hagas el amor va a estar contigo. Es parte tuya.
- Jaja, estás loca, mismo. No lo quiero, gracias.
- Ella tampoco te eligió a ti, pero es la que te tocó. Si miras a tu alrededor, verás que casi todos tienen una parecida.
- ¿El o ella? – pregunta.
- El, ella, es lo mismo.
Jaime mira a su alrededor y ve otros hombres y otras mujeres hablando con otras pantallas y otras mochilas parecidas a la suya pero distintas.
Algunas tienen forma de corazón, otras tienen forma de hueso, otras con forma de piernas, hay con forma de cabeza, hay varias con un signo del horóscopo y un 69, que es la más repetida.
Por los gestos, parece que la mayoría de las personas está discutiendo con la pantalla, diciendo que no, y se tocan alguna parte del cuerpo, como si la quisieran defender de lo que les tocó. Todas tienen un único camino adelante. Tampoco tienen elección, y al igual que él, seguramente llegaron hasta allí por los caminos que ellos mismos eligieron.
Mira más allá y ve que hay varios caminos vacíos que se terminaron antes de llegar a donde llegó él, o sea que la gente que venía por ellos ya no está y ni siquiera tendrán una pantalla y una mochila.
Pero también ve que muchos hombres y mujeres tienen más de un camino a su frente y no tienen pantalla ni mochila. Pasan de largo sin mirar a ninguno de los que están como él, como si nunca les fuera a pasar a ellos.
Entonces mira para atrás y queda de frente al camino que ha recorrido durante 60 años.
Ahí está, a su vista, la solución.
Ese es su camino, con todos los cruces en los que pudo elegir, y las decisiones que tomó para llegar hasta aquí. Ahí están todos sus recuerdos.
Sólo tiene que encontrar el momento en que se equivocó, la decisión mal tomada, o simplemente algo que salió mal e hizo que llegara a este punto que no debería ser el suyo, volver, enmendar el error, y la pantalla y la mochila desaparecerán. El camino volverá a abrirse como un abanico de posibilidades y esta vez, la experiencia de haber visto toda esa gente discutiendo con la pantalla le permitirá tomar el camino correcto.
Respira profundo y da el primer paso.
Pero el camino se cierra. Es un camino ya recorrido, que no puede volver a pisar. Aunque encontrara el error, la decisión mal tomada, o si no hubo tal error, si no fue culpa suya, no puede dar un paso adelante, que sería dar un paso hacia atrás.
Entonces, como último intento, le va a explicar a la pantalla que él no merece esto, que no es justo. Pero la pantalla desaparece y la mochila parece dormida.
Entonces sin hacer ruido, para evadirla da un paso, pero Peka salta y se pega a su espalda.
Jaime se enoja, se niega a cargarlo, y se da cuenta de que para avanzar, tiene que tomar una decisión.
- No te acepto – le dice, y se queda parado, cruzado de brazos.
Peka se despierta, se agranda, pesa más.
Entonces mira el cruce de caminos que tiene más adelante y ve que se empiezan a borrar algunos de ellos.
No le queda otra opción que avanzar, y tal vez cuando llegue tenga la posibilidad de sacarse de arriba esa mochila.
Da unos pasos, y a medida que camina, siente que Peka se adormece.
- ¿Así que se me quedo quieto pesás más, pero si me muevo pesas menos? – le pregunta, sabiendo que no va a obtener respuesta.
Llega a donde el camino se abre en varios más.
Entonces vuelve un paso atrás, mira a su alrededor y entiende.
A la gran mayoría, a cierta edad, nos espera una mochila que se subirá a nuestra espalda y nos acompañará el resto del camino.
Una minoría tendrá la mochila más adelante, y otra minoría ni siquiera llegará a esta edad.
Cuando llega a este punto, la parte más larga del camino ya estaba recorrida. Si se aprovechó o no, depende de cada uno.
Como ahora, que no sabe cuántos años más tiene por delante, pero según el camino que elija, porque puede elegir, los va a disfrutar o no, y la mochila con forma de caballero inglés, que nunca duerme, puede despertarse, crecer y pesar mucho, o puede dormitar, achicarse y pesar poco.
Según su decisión, será una carga o un compañero de viaje.
Un día, Jaime llegó caminando a un lugar que nunca antes había visto, aunque en realidad, mirándolo bien, era el mismo paisaje que veía siempre.
Los mismos árboles, las mismas flores, los mismos animales, las mismas casas. La misma gente.
Pero era distinto. Y había un único camino por el que seguir, aunque más adelante se abrían varios caminos más.
¿Qué es esto? Se preguntó. Acá hay algo raro. Dio un paso y de repente apareció como una pantalla de computadora, y arriba, algo que parecía una mochila.
Dio otro paso, corto, más despacio.
La pantalla se encendió y la mochila, o lo que fuera, se despertó. Se miraron.
- Hola – dice Jaime.
- Hola – dice la pantalla, iluminada.
- Este es mi camino – dice él, con una voz entre preguntando y afirmando.
- Si. Correcto – contesta la pantalla, con voz impersonal.
¿Por qué le contesta una pantalla, un monitor, y el otro sigue arriba de ella, como desperezándose?
- ¿Ustedes quiénes son? ¿O qué son? ¿Y qué hacen en mi camino?
- El es Peka, tu compañero de viaje – dice la pantalla. La mochila tiene una forma rara, como de galera y bastón, como si fuera un caballero inglés.
- No. Estás equivocada – dice Jaime –. No lo conozco. Además, yo elijo a mis compañeros de viaje.
- Cierto, y seguirá siendo así, pero Peka será tu compañero de viaje a partir de ahora – explica la pantalla con una voz que él no logra distinguir si es voz de hombre o de mujer.
- ¿Por qué?
- Porque este es el camino que vienes recorriendo desde hace 60 años, y esos otros caminos que ves adelante, son las decisiones que tendrás que tomar, como siempre, pero para llegar a ellos tienes que cargar a Peka.
- ¿Cómo cargar?
- Cargarlo. No camina.
- ¿Habla por lo menos?
- No, pero tú le puedes hablar a él. Te entiende.
- Esto es una locura. Y de ser así, ¿por cuánto tiempo sería?
- Por siempre.
- Para dormir, para bañarme me lo puedo sacar, obvio – dice Jaime, irónicamente.
- No. Se baña contigo, duerme contigo, cuando hagas el amor va a estar contigo. Es parte tuya.
- Jaja, estás loca, mismo. No lo quiero, gracias.
- Ella tampoco te eligió a ti, pero es la que te tocó. Si miras a tu alrededor, verás que casi todos tienen una parecida.
- ¿El o ella? – pregunta.
- El, ella, es lo mismo.
Jaime mira a su alrededor y ve otros hombres y otras mujeres hablando con otras pantallas y otras mochilas parecidas a la suya pero distintas.
Algunas tienen forma de corazón, otras tienen forma de hueso, otras con forma de piernas, hay con forma de cabeza, hay varias con un signo del horóscopo y un 69, que es la más repetida.
Por los gestos, parece que la mayoría de las personas está discutiendo con la pantalla, diciendo que no, y se tocan alguna parte del cuerpo, como si la quisieran defender de lo que les tocó. Todas tienen un único camino adelante. Tampoco tienen elección, y al igual que él, seguramente llegaron hasta allí por los caminos que ellos mismos eligieron.
Mira más allá y ve que hay varios caminos vacíos que se terminaron antes de llegar a donde llegó él, o sea que la gente que venía por ellos ya no está y ni siquiera tendrán una pantalla y una mochila.
Pero también ve que muchos hombres y mujeres tienen más de un camino a su frente y no tienen pantalla ni mochila. Pasan de largo sin mirar a ninguno de los que están como él, como si nunca les fuera a pasar a ellos.
Entonces mira para atrás y queda de frente al camino que ha recorrido durante 60 años.
Ahí está, a su vista, la solución.
Ese es su camino, con todos los cruces en los que pudo elegir, y las decisiones que tomó para llegar hasta aquí. Ahí están todos sus recuerdos.
Sólo tiene que encontrar el momento en que se equivocó, la decisión mal tomada, o simplemente algo que salió mal e hizo que llegara a este punto que no debería ser el suyo, volver, enmendar el error, y la pantalla y la mochila desaparecerán. El camino volverá a abrirse como un abanico de posibilidades y esta vez, la experiencia de haber visto toda esa gente discutiendo con la pantalla le permitirá tomar el camino correcto.
Respira profundo y da el primer paso.
Pero el camino se cierra. Es un camino ya recorrido, que no puede volver a pisar. Aunque encontrara el error, la decisión mal tomada, o si no hubo tal error, si no fue culpa suya, no puede dar un paso adelante, que sería dar un paso hacia atrás.
Entonces, como último intento, le va a explicar a la pantalla que él no merece esto, que no es justo. Pero la pantalla desaparece y la mochila parece dormida.
Entonces sin hacer ruido, para evadirla da un paso, pero Peka salta y se pega a su espalda.
Jaime se enoja, se niega a cargarlo, y se da cuenta de que para avanzar, tiene que tomar una decisión.
- No te acepto – le dice, y se queda parado, cruzado de brazos.
Peka se despierta, se agranda, pesa más.
Entonces mira el cruce de caminos que tiene más adelante y ve que se empiezan a borrar algunos de ellos.
No le queda otra opción que avanzar, y tal vez cuando llegue tenga la posibilidad de sacarse de arriba esa mochila.
Da unos pasos, y a medida que camina, siente que Peka se adormece.
- ¿Así que se me quedo quieto pesás más, pero si me muevo pesas menos? – le pregunta, sabiendo que no va a obtener respuesta.
Llega a donde el camino se abre en varios más.
Entonces vuelve un paso atrás, mira a su alrededor y entiende.
A la gran mayoría, a cierta edad, nos espera una mochila que se subirá a nuestra espalda y nos acompañará el resto del camino.
Una minoría tendrá la mochila más adelante, y otra minoría ni siquiera llegará a esta edad.
Cuando llega a este punto, la parte más larga del camino ya estaba recorrida. Si se aprovechó o no, depende de cada uno.
Como ahora, que no sabe cuántos años más tiene por delante, pero según el camino que elija, porque puede elegir, los va a disfrutar o no, y la mochila con forma de caballero inglés, que nunca duerme, puede despertarse, crecer y pesar mucho, o puede dormitar, achicarse y pesar poco.
Según su decisión, será una carga o un compañero de viaje.
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