Mirando el atardecer , entiendo que la vida —y el Parkinson— son muy parecidos, lo veo cuando observo un cielo en cambio constante. Es un lienzo que se tiñe de mil matices a su voluntad, una majestuosa sinfonía de colores que se transforman sin cesar.
Hay dorados y naranjas en los que todo fluye: la medicación encaja, el paso sale solo, la risa se contagia. Son los momentos de pura luz donde sentimos que todo es posible. Toca agradecer y moverse un poco, como quien baila con el mar.
Luego llegan los malvas y azules profundos, que nos hablan de la calma tras la tempestad, de la introspección. Son el momento de cuidarse sin culpa: seis respiraciones lentas, una taza tibia, un refugio en el silencio.
Y, sí, a veces manda el gris obstinado: la fatiga, la ansiedad, la falta de ganas. No es un fracaso; es meteorología neurológica. Pero he aprendido que un gesto mínimo —abrir la ventana, lavar la cara, pedir cinco minutos de la voz de alguien que quieres— ya puede empezar a cambiar el color del cielo.
Para los oleajes de emoción, uso mi semáforo interno:
Rojo → Paro y no decido nada importante.
Ámbar → Escribo lo que siento, pero no lo envío; lo leo en voz alta para mí.
Verde → Si lo que voy a decir es verdad, es necesario y está dicho con cuidado, entonces, adelante.
Y para los momentos de crisis, tengo mi mini-ritual "R con R" de 90 segundos: Reconozco lo que siento, Respiro seis veces profundamente y Reoriento mi atención a una petición o acción concreta. Reafirmo que "No es magia;" es amor propio en acción.
El atardecer me recuerda que no soy un diagnóstico: soy una paleta completa. Celebro los dorados, aprendo de las sombras y confío en la belleza de la transición. Si no controlo el viento, ajusto las velas. Y si hoy el cielo está gris, me trato con ternura hasta que vuelvan los naranjas. Porque vuelven. Siempre vuelven.
Como dijo Frida Kahlo: "Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas pa' volar?". Eso digo yo en mi momento oscuridad. con cariño, Martina
Hay dorados y naranjas en los que todo fluye: la medicación encaja, el paso sale solo, la risa se contagia. Son los momentos de pura luz donde sentimos que todo es posible. Toca agradecer y moverse un poco, como quien baila con el mar.
Luego llegan los malvas y azules profundos, que nos hablan de la calma tras la tempestad, de la introspección. Son el momento de cuidarse sin culpa: seis respiraciones lentas, una taza tibia, un refugio en el silencio.
Y, sí, a veces manda el gris obstinado: la fatiga, la ansiedad, la falta de ganas. No es un fracaso; es meteorología neurológica. Pero he aprendido que un gesto mínimo —abrir la ventana, lavar la cara, pedir cinco minutos de la voz de alguien que quieres— ya puede empezar a cambiar el color del cielo.
Para los oleajes de emoción, uso mi semáforo interno:
Rojo → Paro y no decido nada importante.
Ámbar → Escribo lo que siento, pero no lo envío; lo leo en voz alta para mí.
Verde → Si lo que voy a decir es verdad, es necesario y está dicho con cuidado, entonces, adelante.
Y para los momentos de crisis, tengo mi mini-ritual "R con R" de 90 segundos: Reconozco lo que siento, Respiro seis veces profundamente y Reoriento mi atención a una petición o acción concreta. Reafirmo que "No es magia;" es amor propio en acción.
El atardecer me recuerda que no soy un diagnóstico: soy una paleta completa. Celebro los dorados, aprendo de las sombras y confío en la belleza de la transición. Si no controlo el viento, ajusto las velas. Y si hoy el cielo está gris, me trato con ternura hasta que vuelvan los naranjas. Porque vuelven. Siempre vuelven.
Como dijo Frida Kahlo: "Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas pa' volar?". Eso digo yo en mi momento oscuridad. con cariño, Martina
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