Aún recuerdo el sabor amargo de aquella carta: "Discapacidad aprobada del 66%". Al leerla, el miedo y la inquietud me invadieron. De repente era una pensionista con discapacidad y sentí vértigo ante el futuro que se abría ante mí.
Siempre identifiqué esa palabra con "no ser capaz". Hoy nos dicen que la discapacidad no es solo la deficiencia física, sino el choque contra las barreras del entorno. Pero la realidad es que faltan muchos años para una inclusión verdadera. El papel lo aguanta todo, pero la vida diaria es otra historia.
Cuando salgo a pasear, las aceras rotas y la inclinación de las calles parecen conspirar para hacerme tropezar. Si a eso le sumamos la inestabilidad propia de mi enfermedad, el riesgo de acabar en el suelo es constante.
Las barreras no son solo arquitectónicas, también son sociales. El otro día, en una gran superficie, mi marido y yo nos pusimos en la caja prioritaria. Un par de clientes
comenzaron a murmurar y a mirarnos, hasta que uno nos recriminó que la cola estaba en otro lado. Tuve que explicarle que tenía una discapacidad. Me escaneó con la mirada, de arriba a abajo, buscando el fallo, preguntándose qué me pasaba.
-Tengo párkinson, le dije..
Mi marido me dijo después que no tenía por qué dar explicaciones. Y tiene razón.
¿Por qué tengo que justificarme? ¿Tengo que llevar un cartel colgado al cuello que anuncie mi enfermedad para que me crean? No es fácil. No me gusta sentirme observada y, a veces, simplemente quisiera ser invisible.
La verdad es que esto nunca ha sido fácil, y aprender a vivir con ello sigue siendo duro
Siempre identifiqué esa palabra con "no ser capaz". Hoy nos dicen que la discapacidad no es solo la deficiencia física, sino el choque contra las barreras del entorno. Pero la realidad es que faltan muchos años para una inclusión verdadera. El papel lo aguanta todo, pero la vida diaria es otra historia.
Cuando salgo a pasear, las aceras rotas y la inclinación de las calles parecen conspirar para hacerme tropezar. Si a eso le sumamos la inestabilidad propia de mi enfermedad, el riesgo de acabar en el suelo es constante.
Las barreras no son solo arquitectónicas, también son sociales. El otro día, en una gran superficie, mi marido y yo nos pusimos en la caja prioritaria. Un par de clientes
comenzaron a murmurar y a mirarnos, hasta que uno nos recriminó que la cola estaba en otro lado. Tuve que explicarle que tenía una discapacidad. Me escaneó con la mirada, de arriba a abajo, buscando el fallo, preguntándose qué me pasaba.
-Tengo párkinson, le dije..
Mi marido me dijo después que no tenía por qué dar explicaciones. Y tiene razón.
¿Por qué tengo que justificarme? ¿Tengo que llevar un cartel colgado al cuello que anuncie mi enfermedad para que me crean? No es fácil. No me gusta sentirme observada y, a veces, simplemente quisiera ser invisible.
La verdad es que esto nunca ha sido fácil, y aprender a vivir con ello sigue siendo duro
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